EL APRENDIZ

James White

 

 

 

Cuando se le solicitó que diera una corta autobiografía, James White escribió: «Tengo 41 años de edad, mido 1,87 m. en calcetines, peso 72 kg. y mi esposa dice que soy apuesto y distinguido. Comencé a escribir para fanzines, y mi primer relato fue escrito en parte como una broma y en parte porque estaba harto de las historias de apocalipsis atómico y deseaba escribir una con un final feliz. Se la entregué a Ted Camell de la revista New Wor/ds, que dijo que le gustaba y que, si tenía otras ideas... Desde entonces he estado escribiendo profesionalmente».

 

 

UNO

 

Hasta las once y media Arthur Richard Nicholson, el Jefe de Personal de los Almacenes Coop, tuvo un día normalmente bueno. Había atendido al papeleo habitual y tratado con dos vendedores de la sección de ferretería responsables de numerosas faltas de puntualidad, concedido a uno de zapatería tiempo libre para asuntos personales, y reprendido severamente a una pareja que había sido sorprendida abrazándose el día anterior en la sección de envíos. El incidente había ocurrido durante el tiempo libre para el almuerzo, no habían sido culpables de anteriores faltas y se iban a casar dentro de tres semanas, así que todo lo que Nicholson pudo hacer, dadas las circunstancias, fue hacerles un discurso, en tono duro, acerca del tiempo y lugar adecuado para cada cosa y enviado de vuelta a sus departamentos. Estaba disfrutando de ese cálido, placentero y positivo sentimiento que notan aquellos a quienes les gusta su trabajo, y que además se encuentran en la posición directiva del mismo, cuando oyó ruido de pisadas y voces que le llegaban desde la oficina exterior.

Las voces eran demasiado débiles para poder ser identificadas, pero el otro sonido —el rápido y regular golpeteo de cuatro pies sobre la alfombra de la sala de espera— le dijo que era Hamrigg el que se había vuelto a meter en líos. Todo su placer fue barrido por una oleada de irritación tan violenta que casi se podía confundir con ira. Dirigiéndose hacia la puerta, la abrió de un tirón y estalló:

—Entren, por favor. y siéntense. Los que puedan —añadió irritadamente.

El trío que llenó su oficina estaba compuesto por Redmon, el Supervisor del piso, una bella vendedora cuyo maquillaje había sido dañado por las lágrimas, y Hamrigg. Éste entró el último, pisando suavemente a lo ancho de la alfombra para colocarse entre las sillas en las que se habían sentado Redmon y la muchacha. Contemplando aquel ser, Nicholson no podía decidir si es que parecía una morsa peluda con patas o un desgarbado zorrino con brazos. El aspecto físico de Hamrigg era similar al de un centauro: cuatro patas, dos brazos, y una cabeza que tenía ojos, nariz y boca en las posiciones acostumbradas. Además, tenía una piel peluda de color marrón oscuro, adornada por una amplia línea blanca que corría a lo largo de su espina dorsal hasta lo alto de su cola, amplia y espesa. Su pecho y brazos eran casi humanos, y estaban coronados por una cabeza que podría haber sido la de un león marino peludo. Su detalle más llamativo eran los ojos, que eran muy grandes y tristones.

Pero la tristeza podía ser debida al hecho de que Hamrigg se encontraba a unos treinta y siete años-luz de su hogar.

—¿Y cuál es el problema esta vez? —dijo secamente Nicholson, antes de que su ira pudiese ser templada por la simpatía.

Redmon aclaró su garganta y dijo: —Conducta poco adecuada en la Sección de Música. La señorita Clarke y el señor Hamrigg estaban, ejem, bailando al son de una de las cintas de demostración. Mi llegada los asustó, perdieron el equilibrio, y una de las estanterías, empujada por la cola de Hamrigg, fue derribada. El costo estimado de los daños totaliza siete libras, tres chelines y seis peniques. Impuestos incluidos.

Alguno de los otros supervisores de piso habrían hablado sobre este caso durante quince minutos o más, pero Redmon era del tipo que prefería asistir a compradores perdidos o aplacar a niños que habían extraviado a sus madres en lugar de echar por tierra a sus empleados. Esta había sido una de las razones por las que Nicholson había decidido colocar a Hamrigg en el piso de Redmon; sabía que tan sólo se quejaría en el caso de que hubiera un incidente grave y así tal vez lograra un cierto descanso de los problemas causados por ese aprendiz extraterrestre.

Pero, aparentemente, ni aún así lo podía conseguir.

—¿Bien? —dijo secamente a Hamrigg ya la muchacha.

—Lo...lo siento, señor Nicholson —dijo la señorita Clarke, a punto de echarse a llorar de nuevo—. Tan sólo estábamos siguiendo el ritmo con los pies. Eso... eso al principio. Cuando vi cómo estaba afectando la música a Hamrigg... quiero decir que, como no había clientes por allí...

—Fue enteramente culpa mía —interrumpió Hamrigg, llenando la oficina con su tremenda voz de bajo—. Me gusta mucho la música terrestre, y era tan atractiva esa canción que me obligó a realizar alguna clase de movimiento físico rítmico. Le pregunté a la señorita Clarke si aceptaría enseñarme a bailar el boop-jog...

—Ya veo —dijo Nicholson.

Era bien conocido que la raza de Hamrigg sentía una gran atracción por la música terrestre: su cultura, aunque muy avanzada en muchas cosas, estaba sedienta de música. El colocar al ser en aquella sección había parecido una buena idea. La chica, Clarke, no había protestado y Nicholson tenía la íntima convicción de que la gente que compraba aquellas grabaciones de boop-jog, de moda en la actualidad, estaban tan fuera de la realidad —a pesar de constituir el noventa por ciento de las ventas de aquella sección— que el ser atendidos por un centauro peludo no les haría ni parpadear. Y trabajar tan cerca de toda aquella música debería de haber puesto contento a Hamrigg.

 

Aparentemente lo había hecho delirar. Nicholson inhaló y exhaló lentamente, y luego se dirigió a la señorita. Sus palabras difirieron muy poco de las que había usado en tantas otras ocasiones. La señorita Clarke era un miembro totalmente capacitado del equipo de vendedores, y debería estar imbuida de la conducta que se esperaba de una persona como ella. Además de ser cortés, de ir bien arreglada y de ser consciente de sus obligaciones, se esperaba de una dependienta que diese buen ejemplo a los aprendices puestos a su cargo, y más cuando el aprendiz en cuestión era un extraterrestre. La señorita Clarke debería estar avergonzada de sí misma por haber aceptado la petición de su subordinado en lugar de tratar activamente de disuadirlo. y los daños resultantes de ello, concluyó Nicholson, le obligaban a tomarse el asunto con la seriedad que el caso requería.

Deteniéndose justamente antes de pronunciar sentencia, se volvió hacia Hamrigg.

En cuanto a usted —dijo duramente—, tan sólo puedo decir que me siento defraudado y muy irritado. Llegó aquí buscando un trabajo que le permitiese tener contactos con gente de la Tierra y ver el planeta, insistiendo en que no se le dieran privilegios especiales. Quería ser tratado como cualquiera. Bueno, ¡Puedo decirle que si en esta ocasión fuera usted tratado como cualquiera, ya estaría de patitas en la calle desde hace cinco minutos!

—Ustedes dos esperen afuera —terminó enfurruñado—. Tengo que discutir este asunto con su Supervisor de piso.

Cuando la señorita Clarke y el centauro hubieron salido, ambos hombres sacaron sus pitilleras. Redmon fue un poco más rápido al sacar, así que perdió. Cuando Nicholson habló de nuevo, el aire entre ambos estaba placenteramente opaco.

—Conozco el expediente de Hamrigg —dijo suspirando—. ¿Ha habido alguna queja anterior contra la chica?

Redmon negó con la cabeza. —¿Qué me aconseja usted que hagamos con esos... boop-joggueadores? —preguntó impacientemente Nicholson—. Por mi parte los echaría, por lo menos a Hamrigg. No es nada personal, ya decir verdad me da un poco de pena ese torpón, pero me gustaba este trabajo antes de que él llegase. y si lo echamos, también tendremos que despedir a la muchacha. No podemos tener favoritos.

Redmon mató y mutiló brutalmente los restos del cigarrillo en el cenicero. Dijo:

—Supongo que no. —Aquí hay gente que me es antipática —continuó defensivamente Nicholson—. Pero sus habilidades son esenciales para el buen funcionamiento de los almacenes, y eso es lo que cuenta para mí. Pero este individuo Hamrigg no ha causado más que molestias...

—Lo sé —aceptó en voz baja Redmon—. Pero uno le coge simpatía, y los problemas nunca son por su culpa. y la chica, Clarke, es muy buena en su trabajo. Además, perdemos mucho más de siete libras diarias en Recepción debido a roturas o a embalados defectuosos, y pasan aquí cosas mucho peores que unos simples pasos de baile de las que oficialmente ni nos enteramos.

—¿De qué lado está usted? —dijo irritado Nicholson.

—Del de ellos —contestó Redmon con una mueca.

Nicholson se alzó y se dirigió hacia la oficina exterior, pero cambió de idea y volvió a sentarse. Estaba molesto, indeciso y descontento con todos y con todo. No podía dar razones para esos sentimientos, aunque parecían asaltarle más frecuentemente desde que había llegado Hamrigg. Pero esto era pura coincidencia, se dijo a sí mismo; no podía culpar al aprendiz por esos estados de ánimo y crisis temperamentales. Al menos no por todos ellos.

Era un problema sencillo que, exceptuando las tonalidades extraterrestres, Nicholson ya había tenido en muchas ocasiones en el pasado. y siempre lo había solucionado con rapidez, justicia y en forma normal. No podía ver por qué le estaba preocupando tanto este caso en particular. Quizá el trabajo se le estaba haciendo demasiado grande para él...

Molesto, obligó a sus pensamientos a seguir por caminos más constructivos. Aclaro su garganta y se dispuso a librarse tanto del problema como de este Supervisor bonachón que insistía en actuar como abogado defensor cuando su tarea era cooperar en la acusación.

—Dígales que están suspendidos de empleo y sueldo hasta el viernes, en que tomaré mi decisión definitiva sobre su caso —dijo cortadamente—. Esto hará que pasen un par de días cociéndose en su propia salsa. El viernes les daré una buena bronca. y no quiero volver a oír de sus argumentos paternales, más conmiserativos que airados. ¿Me oye? ¡Y hágalos ir bien derechos! Dígales que después de esto los estaré observando muy atentamente y que...Oh, usted sabe tan bien como yo lo que hay que decir.

«Mi razón para suspenderlos —finalizó—, es tener tiempo para buscarle otro puesto a Hamrigg.

Cuando Redmon y los otros se hubieron ido, Nicholson trató de colocarse en un estado mental placentero, atractivo y convincente. Iba a tratar de venderle a Harvey, del Departamento de Juguetería, la idea de volverse a llevar a Hamrigg a su sección.

El jefe de juguetería era un buen jefe para sus empleados. En su departamento no existía la disciplina, al menos no tal como la consideraba Nicholson, y aunque no conociese a Harvey personalmente esto le hacía creer que era un individuo tranquilo, amistoso, del tipo de los que dan cobijo a un gato callejero. Nicholson esperaba que su buena disposición abarcase también a los centauros.

—¡Oh, no! —protestó Harvey cuando Nicholson le telefoneó—. Lo tuve las dos primeras semanas, cuando llegó aquí. y quedé más que harto. No tengo nada en contra suya, en lo personal, pero es un manazas. Algunos de los niños se asustan al verle y otros quieren montarse en él, con lo que asustan a sus padres. Aparentemente logró usted imbuirle tanto la idea de que el cliente-siempre-tiene-razón que daba muy gustoso un paseito por el departamento a un crío si eso le ayudaba a vender un juguete. y si se trataba de uno de los caros, como un tren eléctrico, el paseo podía llegar a durar hasta media hora.

«Algunas de mis chicas pensaban que esto era una competencia desleal —añadió reflexionando Harvey—. Hamrigg estaba siempre muy por delante de ellas en lo referente a comisiones.

—Esta vez no habrá paseitos en burro —dijo Nicholson—. Se lo prometo.

—Ni aún así sería una buena idea, señor —objetó Harvey—. Todos los espacios detrás de los mostradores están repletos, y ahora que llegarán los pedidos para Navidad aún lo estarán más. Tropezaría y rompería las cosas. Lo aceptaré si insiste en ello, pero preferiría que no lo hiciera...

Cuando Nicholson dejó caer el receptor unos minutos más tarde, había decidido que las objeciones de Harvey tenían fundamento, y que no iba a aprovecharse de la buena fe del otro para obligarle a quedarse de nuevo con Hamrigg. Su siguiente llamada fue a la sección de Mobiliario.

Mientras esperaba a que Fielding, el jefe de compras de Mobiliario, tomase el teléfono, Nicholson visualizó el gran departamento que llenaba casi todo el cuarto piso. Había un gran corredor central, a cuyo largo se extendían hileras de mesas, divanes y diversos juegos de comedor y dormitorio. Las salas laterales eran también amplias, pues estaban diseñadas para acomodar a los compradores junto con los vendedores, aunque aquí y allí hubieran algunos rincones atestados. Nicholson estaba volviéndose un experto en la apreciación de las capacidades de maniobrabilidad de Hamrigg en los espacios cerrados, por lo que llegó a la conclusión de que habría unas cuantas rayas en los muebles antes de que el extraterrestre se adaptara al lugar, pero ¿para qué estaba el encargado de la pulimentación? Se preparó para ser muy amable con el Jefe de Compras de Mobiliario.

—¡No quiero tenerlo! —estalló Fielding antes de que Nicholson hubiera terminado su primera frase—. No deseo que ese animal peludo baile por mi departamento. Naturalmente que he oído hablar de eso. ¡Debería haberlo despedido!

Fielding tenía dolores de estómago y se le notaba en su carácter. A Nicholson no le agradaba como persona, pero se obligó a usar un tono amistoso mientras le decía:

—Dudo que vuelva a bailar. y su departamento, Fielding, es uno de los pocos en los que puede estar sin romper nada. No quiero tenerlo cerca! ¿Por qué demonios no se vuelve a su casa? Durante unos momentos Nicholson tuvo la tentación de ejercer su autoridad para e decirle a Fielding que iba a quedarse con Hamrigg le gustase o no. Pero sabía que, de hacer tal cosa, entonces Fielding, consciente o inconscientemente, haría que el extraterrestre lo pasase mal; y esto no sería jugar limpio con aquel ser. El pensamiento que se hallaba en su mente mientras volvía a colocar el receptor en su o sitio era que aunque Mobiliario fuera un sitio suficientemente amplio como para que el centauro trabajase convenientemente en él, la mente de su Jefe de Compras no lo era lo bastante.

Consideró el Departamento de Radio y Televisión, desechándolo inmediatamente, al igual que el de Electricidad, Porcelanas ir y otras secciones que trabajaban con mercancías valiosas y que podían ser dañadas fácilmente. Las de Joyería, Cosméticos y Ropa Interior Femenina también quedaban o fuera de cuestión; además de estar muy apretados de espacio, se habría visto ridículo a Hamrigg en ellas. Las secciones de Ropa Deportiva y Sastrería de Caballero hubieran sido ideales: sus Jefes de Compras no presentaban objeciones y los espacios entre los mostradores eran amplios; pero Nicholson tenía que mirarlo desde el punto de vista de los clientes. En esos departamentos el vendedor es a menudo el árbitro en los asuntos de tamaño, estilo y apariencia, y ¿qué comprador se creería aun vendedor cuyo traje consistía tan sólo en un reloj y cuatro protectores para los cascos? El Departamento de Farmacia requería un entrenamiento especial al igual que muchos otros. y naturalmente el de Alimentación estaba excluido. Pocos días después de la llegada de Hamrigg, Nicholson había descubierto que la simple vista de la carne, aún enlatada, le ponía enfermo. Tras una hora entera de hablar por teléfono, Nicholson había limitado las posibilidades a tres: Mantas, Utensilios de Jardinería y Alfombras. Pero los Jefes de Compras afectados no eran muy cooperativos. No tenían nada personal en contra del extraterrestre, pero todos ellos eran hombres apunto de retirarse y que dirigían buenos departamentos de gran venta y que estaban demasiado encasillados en sus formas de ser como para aceptar con alegría un creador de problemas como era Hamrigg.

En algún puesto de este vasto establecimiento, pensó Nicholson, debía de haber un agujero en el que encastrase esta pieza particular. Los empleos como vendedor estaban fallándole, pero los almacenes también empleaban aun pequeño ejército de personal de oficinas y mantenimiento. Había mecánicos, pintores, carpinteros y personal de limpieza. Sabía que Hamrigg sería apto para esto último, pues para ello no era necesario ninguna clase de aptitudes.

y además trabajaría solo, lo cual quería decir que le sería más difícil crear problemas. El convertir al extraterrestre en uno de los encargados de la limpieza parecía ser la mejor solución.

¿Pero aceptaría un tal empleo?

 

DOS

 

En la entrevista inicial, Hamrigg le había dicho que deseaba tener contactos con la gente y ver los lugares de la Tierra, y que trabajaría duro para conseguir el dinero con que hacer esto. Además, había dicho que para él era una cuestión de honor el ganarse el dinero que recibiese, y que no deseaba privilegios especiales. Se veía a las claras que Hamrigg era un tipo de principios, a pesar de los paseos a su lomo y de los bailoteos.

Otro punto que debía considerar Nicholson era su lugar de origen. Hacía diez años que se había realizado el primer contacto con los de su especie, pero aún ahora tan sólo vivían un puñado de ellos en la Tierra. Lo cual quería decir que, a pesar de su petición de que no se le diera un trato especial, en realidad Hamrigg era un huésped de este planeta.

Uno no ponía a los huéspedes a fregar suelos ya limpiar lavabos.

Aún estaba tratando de hallar la solución y, en el proceso estaba, perdiendo rápidamente el humor, cuando sonó su teléfono. El volumen, timbre y mordaz tono de la voz que lo machacaba desde el auricular identificaba a su interlocutor como Hammond, el Director de los almacenes en persona.

—¡Nicholson! He oído decir que ha suspendido de empleo el extraterrestre y que tal vez hasta lo despida. ¿Por qué?

—Esto... parecía necesaria algún tipo de acción disciplinaria...—comenzó a decir Nicholson.

—¡Al infierno con la acción disciplinaria! —aulló la voz de Hammond—. ¡Se le dijo a usted que le buscara un lugar aquí en donde pudiese trabajar eficientemente y con alegría, y ese es su problema! El hecho de que Hamrigg sea un extraterrestre tal vez represente algún problema extra para usted, pero eso es todo. No tiene usted que hundirse y despedirlo porque le cree esos pequeños problemas.

La voz tomó un tono más calmado, pero aún tenía un deje peligroso cuando Hammond prosiguió:

—Esta es la primera vez que uno de los seres de la raza de Hamrigg llega aquí a trabajar en un empleo ordinario. Hasta ahora tan sólo han venido altos cargos. Como ya le he explicado, su presencia en los Almacenes nos da una publicidad de lo más valioso y sutil. No lo estamos usando como parte de un truco publicitario barato, sino que, por el contrario, lo estamos empleando como un miembro ordinario de nuestra nómina. Tiene la protección de los sindicatos, seguro de enfermedad y pagas extras, y recibe la paga habitual de los aprendices. Esto, a los ojos del público, demuestra nuestra iniciativa, amplitud de miras y tolerancia racial. No deseamos perderlo.

—He estado tratando...—volvió a empezar Nicholson.

—¡Pero obviamente sin mucho éxito! —cortó Hammond, y colgó el teléfono.

Nicholson golpeó con su auricular con tal fuerza que estuvo apunto de romper el plástico. ¿Así que sin mucho éxito? ¿y para qué servía lo que estaba haciendo? Alzándose de un salto, salió corriendo de su oficina, mientras su termostato emocional variaba desde la ira helada hasta la hirviente irritación. Estaba harto de su empleo, de los Almacenes y de todos los que trabajaban en ellos. Se iba a comer antes de que se viera en la necesidad de golpear a alguien.

Durante la comida Nicholson se calmó un poco, pero su sensación de molestia y enfado no le abandonó. Lo cual era extraño, ya que normalmente le agradaba su trabajo, aún en los días malos. A Nicholson siempre le había gustado más tratar con la gente como si fueran gente que como los accesorios necesarios para incrementar las ventas, y había buscado su propia promoción en la parte administrativa antes que en la de ventas. Bien, había llegado tan arriba como era posible, y ahora se daba cuenta de que se hallaba en un callejón sin salida.

Si no le hubiera asustado tanto la competitiva atmósfera de las secciones de venta, quizá hoy en día se hallara en el puesto de Hammond. Pero, por el contrario, había buscado la seguridad y una serie de pequeñas subidas con el resultado de que, a pesar de su título altisonante y su oficina propia, era poco más que un vendedor ensalzado.

Cuando regresó de su comida, estaba tan irritado consigo mismo como con los demás.

Un espacionauta lo esperaba en su oficina.

—Buenos días —dijo Nicholson, respetuosamente. La visión del elegante uniforme negro con la boina de borde plateado y las insignias de Comandante Cirujano le producían una extraña sensación. Era como encontrarse con un miembro de la Realeza. Las cosas que este hombre ha visto, pensó Nicholson, los lugares en que ha estado... A pesar de que el espaciopuerto tan sólo se hallaba a treinta kilómetros de distancia, era la primera vez que hablaba con un oficial del Espacio.

—Mi nombre es Telford —dijo el visitante, sonriendo y poniéndose en pie—. Los amigos, incluyendo un conocido mutuo de nombre Hamrigg, me llaman Joe.

¡Hamrigg de nuevo! De repente, el aura que rodeaba al comandante desapareció, y se convirtió en simplemente otra persona que estaba tratando de poner a Nicholson en un aprieto. Puso cara hosca y esperó a que el otro continuase.

Telford ignoró su expresión y dijo alegremente:

—Hamrigg tiene que dormir en el Espaciopuerto... me avergüenza tener que decir que ningún hotel o casa de huéspedes quiere aceptar a seres de su raza. Cuando lo vi vagando a horas de trabajo le pregunté qué era lo que iba mal. No quiso decírmelo. ¿Qué es lo que va mal?

A pesar del tono desenfadado, era evidente que al Comandante le preocupaba mucho el extraterrestre. Por ello, en lugar de contestarle que no le importaba, que es lo que tenía ganas de hacer, Nicholson le dio un tranquilo y objetivo resumen de la actuación del aprendiz hasta la fecha.

Supongo que tengo que soportar que siga aquí a causa del prestigio que nos da —terminó Nicholson—, pero ninguno de los Jefes de Departamento desea tenerlo a sus órdenes, lo que significa que no se lo pasará bien allí donde lo envíe. Estoy comenzando a pensar que el permanecer aquí es un castigo que no se merece.

—En el caso de que se lo esté usted preguntando —le respondió secamente Telford—, le diré que no es ningún criminal;

—¡Eso ya lo sé! —atajó Nicholson, y prosiguió con tono irritado—: Se trata de un tipo bastante normal, no demasiado joven, soltero y con ganas de hacer cosas. El personal terrestre que se halla en su planeta distribuyó un montón de material ilustrado, tradujo ejemplares del National Geographic y otras publicaciones similares, y él se enamoró de las cataratas del Niagara o del Matterhorn. Ya he tenido varias entrevistas largas con él, y una vez tuve que escuchar sus pensamientos nostálgicos durante toda una hora. Pero, naturalmente, me lleva tanto trabajo el estar continuamente arreglando los desastres que comete que no me queda tiempo más que para regañarle.

«Pero, ¿no sería mejor para él sacarlo de este lugar? —continuó con seriedad Nicholson —.En este momento hay muy pocos centauros en la Tierra; y todos, excepto Hamrigg, parecen estar recibiendo un trato preferente, ¿Por qué no se le envía en una visita de turismo como gesto de buena voluntad, y luego se le devuelve a casa? ¿Por qué tiene que trabajar?

Telford se inclinó hacia adelante para dar énfasis a su respuesta:

—Porque Hamrigg es, quizá, el centauro más importante de los que nos han visitado hasta la fecha, y tiene que ganarse su sustento,

—Pero si es una persona tan importante...

—No lo es. Por el contrario, Hamrigg es un tipo de lo más ordinario, no demasiado inteligente y algo inadaptado...

En eso estoy de acuerdo, murmuró para sí Nicholson. Pero este espacionauta estaba hablando en círculos. A pesar de la admiración que le producía la profesión y el rango del mismo, deseaba decirle al Comandante que hablase con sentido.

Nicholson trató de no ponerse nervioso mientras Telford se apartaba del asunto y comenzaba a hablar de los primeros contactos de la Tierra con la raza de los centauros. Era algo que ya había leído o visto muchas veces, pero expuesto desde un ángulo muy diferente al dado por la televisión o los periódicos, y gradualmente comenzó a darse cuenta de que el Comandante había estado hablando con sentido.

Durante los años que habían seguido al primer contacto, los científicos y las grandes mentes de ambas razas habían intercambiado visitas, explicó Telford, y estos intercambios proseguían aún. Los seres que los llevaban a cabo, tanto centauros como humanos, se daban perfecta cuenta de sus responsabilidades, y tenían buen cuidado en no decir o hacer nada que pudiera ofender a la otra parte. Y, debido a que eran unos seres sanos y altamente inteligentes, dedicados a la idea de que entre las dos razas sólo debía reinar la paz, esas gentes exhibían un código ético que no era representativo del imperante en sus planetas de origen.

Una analogía adecuada —continuó secamente Telford—, sería la de un capitán de un buque de guerra de los tiempos antiguos que visitase un puerto extranjero. El alcalde y los ciudadanos más importantes quedan impresionados y encantados por la amabilidad, educación y buena disposición del capitán y sus oficiales, ya causa de esto se sienten más que favorablemente dispuestos hacia su país de origen... ¡Y entonces se concede un permiso de doce horas en tierra a la tripulación y esta destruye el lugar!

El Comandante se arrellanó en su asiento y continuó con más tranquilidad:

—En la actualidad ni un millonario podría permitirse el lujo de efectuar un viaje al planeta de los centauros, pero dentro de veinte años una persona de su nivel podrá hacerlo, al menos una vez en su vida. Entonces, millares de personas irán a visitar el planeta de los otros, y serán gentes ordinarias; no ese puñado de idealistas ultratolerantes, especialmente escogidos, que realizan ahora los viajes. Habrá fricciones, incomprensión y hasta es posible que una guerra.

«Tenemos la esperanza —terminó Telford—, que al presentar al mismo tiempo las mejores y peores facetas de nuestras culturas respectivas, desde el principio, ambos lados puedan tener una mejor comprensión mutua para el tiempo en que se llegue al estadio del intercambio masivo de turistas.

—Ya veo —dijo Nicholson, poniéndose en pie. Notaba que tenía que caminar, o hacer algún tipo de ejercicio físico, para eliminar la excitación que crecía en su interior. Que un problema de tan amplias implicaciones, que afectase el bienestar futuro de dos sistemas solares, estuviera siendo discutido en su oficina...¡qué hasta quizá fuera solucionado, al menos en parte, en su oficina...!

Se sentó de nuevo, rió nerviosamente, y dijo:

—Así que Hamrigg es un extraterrestre medio, que tiene un trabajo ordinario, de forma que se ve obligado a mezclarse con terrestres ordinarios. Me alegra estar metido en esto, pero no puedo dejar de sentirme apenado por mi equivalente centauro que tenga que enfrentarse con un aprendiz terrestre.

—Todavía no hay ninguno —dijo con disgusto el Comandante—. ¡Oh, hemos tenido muchos voluntarios, pero todos ellos eran del tipo del idealista puro... absolutamente apartados del concepto del terrestre medio. La gente que deseamos es el tipo de persona que se introduce fácilmente en cualquier ambiente, muy adaptable y con buen carácter. Cuando mencioné eso de los mejores y los peores, no me refería a que fuéramos a usar criminales o psicóticos incurables. Queremos gente normal, y la conseguiremos; pero Hamrigg es nuestro problema inmediato.

«O, al menos, uno de ellos —añadió Telford con una mirada nada confortable a Nicholson—. ¿Sabe? Tiene tres amigos.

—¿En la Tierra? El comandante negó con la cabeza. —Ocurrió durante la primera semana que estaba en los Almacenes, antes de que comenzase a meterse en líos. Estaba entusiasmado con este lugar, y así lo expresaba en sus cartas. Tres de sus amigos decidieron que también les gustaría trabajar en la Tierra, y solicitaron en nuestra misión que se lo arreglásemos y como esto iba estupendamente con nuestros planes, se lo arreglamos. Llegarán en diez semanas.

—¿No será... aquí? —dijo anonadado Nicholson.

Telford asintió, y comenzó a hablar muy: rápidamente. Los Almacenes Coop habían sido escogidos para Hamrigg no porque, afirmó con gran énfasis el Comandante, su Director de Ventas hubiera usado de alguna influencia, sino porque eran los más grandes del planeta y ofrecían la mayor selección posible de empleos para un ser extraño que, casi con toda seguridad, tendría dificultades en adaptarse a cualquier 4 tipo de trabajo en la Tierra. y lo que era. más importante, era una empresa agradable y con buenas relaciones con sus empleados. Esto se debía principalmente a su Jefe de Personal, que también había sido investigado y del que se habían dado los mejores informes. El que el extraterrestre se hallase allí se debía más a Nicholson que a Hammond, y si los Almacenes Coop eran la mejor elección para el primer aprendiz extraterrestre, parecía natural que los otros tres pasasen al menos, un tiempo allí, para aclimatarse. No tenía que exagerar la importancia de la situación que se estaban desarrollando allí, y le sabía muy mal que el problema hubiese caído enteramente bajo la responsabilidad de Nicholson, pero aun muy alto nivel había sido tomada la decisión de que él era una de las pocas personas capacitadas para enfrentarse con el antedicho problema. Y, mientras tanto, ¿qué es lo que iba a hacer con Hamrigg? Nicholson no replicó durante varios minutos. Estaba pensando que este Comandante Cirujano tenía mucha mano izquierda, y recordándose a sí mismo que su rango podía ser también ostentado por los doctores o psicólogos del servicio espacial. Telford había comenzado por asombrarle con la extensión e importancia del problema, luego le había dado una cuchillada en la espalda con la noticia de que llegaban tres centauros más, y había finalizado por anestesiar cuidadosamente la herida con una inyección de alabanzas.

A Nicholson no le gustaba que lo alabaran personas a las que consideraba más importantes que él mismo; esto le hacía sentirse molesto hasta que lograba demostrar, a la completa satisfacción de todos, que no se había tratado de una adulación, sino de alabanzas bien merecidas. Lo cual quería decir que Telford lo había colocado entre la espada y la pared. Pero parte de su demostración de tener bien merecidas las alabanzas iba a consistir en demostrar al Comandante que podía luchar aún cuando se encontrase contra la pared, y que, a su manera, también él tenía algo de psicólogo.

—Si le digo lo que voy a hacer con Hamrigg lo discutiremos durante un rato, y entonces usted me dirá que no hay ninguna necesidad de esperar hasta el viernes para devolverlo al trabajo. y entonces me dirá que, por una rara coincidencia, Hamrigg ha venido con usted y está esperando ahí abajo. ¿No ganaríamos tiempo si ya le hiciese subir, Comandante? Entonces podrá ver lo que voy a hacer con él.

Telford pareció asombrado, pero no molesto. Abandonó la oficina sin decir una palabra.

Para ser honesto, Nicholson tenía que admitir que aún no sabía cuál de los tres posibles trabajos: Mantas, Utensilios de Jardinería y Alfombras, sería mejor para el extraterrestre. Había pensado usar el tiempo que Telford tardase en regresar para efectuar la decisión final. Pero algo de lo que había dicho el otro, acerca de experimentar lo mejor y lo peor, había dado una nueva clave a su mente. Hasta ahora, había estado tratando de colocar a Hamrigg en departamentos en los que la gente y el trabajo congeniasen con su carácter. Pero, ¿y si lo colocase en una sección dura, en la que el trabajo fuera difícil y desagradable y sus colegas fueran todo lo contrario de amistosos? En esta forma Hamrigg podría apreciar mejor lo que era estar en un buen departamento, y aprendería a comportarse en consecuencia. Lo pondría con Fielding o, aún mejor, en el Pozo.

Cuando el Comandante y Hamrigg regresaron, Nicholson fue directo al grano diciéndoles:

—Señor Hamrigg, lo voy a enviar al Pozo. Para el caso de que aún no haya oído hablar de él, le diré que se trata de la sección situada en los sótanos, cerca de los talleres de reparación de televisores, que se encarga del mantenimiento del aire acondicionado, de los ascensores y de todas las demás tareas similares. Un ingeniero de mantenimiento y su ayudante son los jefes de esa sección, y el resto del personal se compone de obreros no especializados.

«Debo advertirle que muy probablemente algunas de esas personas manifestarán hostilidad contra usted —continuó secamente Nicholson—. Son de ese tipo de individuos. Además, oirá cosas, modos de expresión, que tal vez lo asombren. No pregunte qué es lo que significan; si puede olvídelos. se trata de expresiones que no se usan en ambientes educados.

Algo en los ojos de Hamrigg, que eran la única facción de su rostro no cubierta por la impenetrable máscara de pelo, le dijo a Nicholson que el extraterrestre debía de haber oído todo lo necesario acerca del Pozo, y que no le agradaba en lo más mínimo el ser enviado allí; por ello decidió que ya era tiempo de dorarle un poco la píldora.

—Este traslado es tan sólo temporal —continuó en un tono algo más cálido—. y será su propia conducta la que determine el tiempo que permanecerá en ese departamento. Hablando con franqueza, deseo sacármelo de encima durante un tiempo mientras decido cómo puede ser mejor empleado por esta organización su físico, disposición y Conocimientos, para mayor beneficio de todos.

—Lo comprendo, señor —atronó Hamrigg. Aun cuando estaba contrito, su Voz casi hacía vibrar las ventanas.

—Muy bien —dijo Nicholson—. Vaya a ver al Sr. Redmon, que lo presentará a su nueva sección. y mientras baja tenga la bondad de decirle al jefe de la señorita Clarke que me gustaría que le notificase a esta que mañana puede volver a venir a trabajar. Eso es todo.

Hamrigg partió, y Nicholson hizo las llamadas telefónicas necesarias para arreglar el traslado. El Comandante esperó pacientemente hasta que hubo terminado antes de comenzar a hablar:

—¿Qué hay de terrible en ese Pozo? —preguntó.

Nicholson pensó por un momento y luego contestó:

—Principalmente la gente. Cuando algo funciona mal tienen que trabajar duro, muy duro; aunque hay pocas averías importantes. Eso quiere decir que tienen más tiempo libre en las horas de trabajo que cualquier otra sección, y como están metidos en un rincón casi inaccesible de los Almacenes, el resultado es que hacen prácticamente lo que quieren.

Nicholson continuó explicando que entre ellos los juegos de azar eran una cosa habitual, y que no podía hacer nada para evitarlo. El Pozo tenía un sistema de Alerta Avanzada, preparado por uno de los electricistas al que le gustaba el poker, sistema que funcionaba maravillosamente, y los Supervisores de Planta ya habían olvidado hacía tiempo la idea de cogerlos con las manos en la masa. A Nicholson no le importaba mucho que a las horas de la comida alguien jugase subrepticiamente a las cartas, siempre que fuera por pura diversión, y no cogiese a nadie haciéndolo demasiado abiertamente, pero las sumas que cambiaban de mano en el Pozo eran demasiado elevadas para ser ignoradas. Si tan solo los hubiese podido sorprender haciéndolo, Nicholson habría despedido de buena gana a todos los miembros de la sección, incluyendo al ingeniero y su asistente.

Pero no lo lograba, por mucho que lo intentase. Lo único que podía hacer era procurar que el personal del Pozo estuviese compuesto por personas que no sufriesen mucho en ese ambiente sin ley; gente sin familiares que mantener ya los que no les importase mucho el perder la mayor parte de sus sueldos en una partida, u otros indeseables de cualquier tipo que no se hubiesen portado lo suficientemente mal como para ser despedidos.

espero que esto le enseñe dos cosas —resumió Nicholson—. La primera, que le haga apreciar los buenos sitios en que ha estado antes por comparación con ese. La segunda...bien, la gente del Pozo hace casi todo lo que está prohibido en el Reglamento Interior de esta casa y logran evitar los castigos. Tal vez la asociación con ellos le enseñe cómo escapar de los líos en que se meta.

—Y eso arregla las cosas —dijo el Comandante mientras se ponía en pie. Le dio la mano a Nicholson, dejó una tarjeta de visita encima de la mesa y se preparó a marcharse—. Si necesita alguna información sobre su planeta de origen o cualquier otra cosa, hágamelo saber. Buenas tardes.

 

TRES

 

Durante largo tiempo, Nicholson se quedó sentado contemplando la puerta por la que se había ido el Comandante y planeando sus siguientes jugadas. Tendría que hacer tragar a varios jefes de departamento la idea de que iban a recibir centauros en sus secciones, y mañana mismo ya debería empezar a preparar el terreno. Los jefes de compra de los departamentos siempre querían algo extra: más personal, que se redecorasen sus secciones, mayor espacio en el que poder exponer los artículos de baja venta...y en caso de que fuera necesario Nicholson podría obtenerles esas cosas como contrapartida. Como contrapartida de un favor, naturalmente. Era un vulgar chantaje, un escandaloso abuso de autoridad, pero a Nicholson no le importaba. Podrían decir lo que quisieran de él, pero poco a poco se irían haciendo ala idea de que emplear extraterrestres en sus departamentos era algo que daba dividendos.

Hamrigg ya estaba allí. Dentro de poco llegarían otros tres, y Nicholson sabía en lo más profundo de sí mismo que vendrían más. y él tendría que conseguirles puestos, pues las cosas que Telford le había contado hacían que esto fuera imperativo.

Tal vez fuera mejor obtener el apoyo de Hammond antes de comenzar a presionar a sus jefes de compra. El Director de Ventas estaba interesado únicamente en los extraterrestres por el prestigio que conferían, que era considerable, y no le importaba un higo el problema que causaban al personal. Siempre que Nicholson lograse explicárselo previamente y en una forma que le pareciese aceptable, Hammond acallaría a gritos cualquier objeción de los jefes de departamento a emplear extraterrestres.

Los Almacenes, pensó hoscamente Nicholson, iban a sufrir pronto una buena conmoción.

Salió de su semitrance y se dio cuenta de que los ruidos de fondo habían desaparecido. Era la hora del cierre. Tomó su sombrero y su abrigo y, con el acto físico de enfundárselos, abandonó los problemas de Hamrigg y de los Almacenes. Creía firmemente en el principio de que uno nunca debía llevarse los problemas del trabajo a casa, pero mientras viajaba en el autobús que lo llevaba al aparcamiento en que había dejado su coche, el problema del centauro volvió por un instante a su mente.

Se preguntó si la raza humana alcanzaría alguna vez el grado de comprensión y tolerancia que permitiera que un extraterrestre viajara en un transporte público en una hora punta de una noche lluviosa. Si esto llegaba a suceder, Nicholson estaba seguro de que nunca habría una guerra.

Nada sucedió al siguiente día, ni al otro. Llegó el fin de semana y Hamrigg seguía sin meterse en ningún lío... o al menos en ninguno del que tuviese noticia Nicholson. El domingo, Nicholson se llegó hasta el espaciopuerto, en parte por un impulso y en parte porque siempre había deseado ver de cerca las naves, y ahora tenía un nombre que tal vez le abriese las puertas exteriores. Recibió una placentera sorpresa: Telford debía haber estado esperando que lo visitase y avisado a los guardianes que Nicholson lo estaba ayudando en un importante proyecto y debía ser admitido en cualquier momento. A todos los efectos, sólo faltó que le pusiesen una alfombra roja.

El Comandante era una persona muy importante, de esto se pudo dar cuenta Nicholson cuando Telford vino a su encuentro y le sugirió inmediatamente una visita al puerto; además, era una de esas raras personas importantes que no lo demuestran.

El Comandante le hizo visitar uno de los navíos interestelares más grandes, mostrándole los motores hiperespaciales, los camarotes, las zonas de descanso, y terminando en la sala de control. Como probablemente sabía que era lo que más le gustaría a Nicholson, le indicó un sillón anti-g, el del capitán, y le pidió que se sentase. Haciéndolo a su vez en el puesto del astrogador, comenzó a hablar sobre algunos de los problemas de la navegación en los viajes interestelares. No intentó anonadarlo, ni vanagloriarse de su trabajo y obligaciones, ni fanfarronear. Era obvio que para Telford esta nave era maravillosa, como también lo eran los lugares en que había estado. El asombro de Nicholson era, en comparación, una cosa insignificante, pues en el sentimiento del Comandante había además una completa comprensión.

Cuando abandonaron finalmente la nave, dos horas más tarde, Telford comenzó a hablar del mundo de Hamrigg. Naturalmente, Nicholson había visto las fotografías: los extraños y fláccidos árboles, los mares que eran como tranquila leche azulada y las extrañas formaciones nudosas. Pero la educada y expresiva voz de Telford daba al recuerdo de esas fotografías una nueva profundidad y color. Durante varios minutos, Nicholson estuvo en tal trance que perdió la noción de la distancia y, de pronto, se encontró en otro mundo.

—Estas son las estancias usadas por Hamrigg y los otros centauros que nos visitan —explicó el Comandante mientras Nicholson miraba a su alrededor, tratando de identificar objetos en aquella peculiar habitación extraña—. Está visitando ala tripulación de una nave de su mundo que se encuentra en la Pista Seis, pero yo siempre soy bien recibido aquí. Pensé que si usted veía la clase de condiciones alas que estaba habituado, tal vez eso le sirviese para ayudarle a adaptarse. Por esa puerta se va a las otras habitaciones. Déles una mirada.

Lo primero en que se fijó Nicholson fue en las diferencias: la amplitud de las habitaciones que debían acomodar aun ser mucho menos maniobrable que un humano; las amplias y bajas puertas y el hecho de que en los sitios usuales hubieran mesas, pero no sillas. La especie de Hamrigg podía relajarse confortablemente sobre sus patas, y hasta dormir sobre ellas si fuera necesario. Nicholson quedó muy complacido consigo mismo cuando tras solo dos minutos de hallarse en una de las habitaciones logró identificar un amplio cuadrado de espuma de goma brillantemente coloreada, colocado directamente sobre el suelo, como una cama.

Había libros, un televisor, y fotografías desparramadas en un confortable desorden. La mayor parte de las fotografías eran de personas y no de lugares. A Nicholson, que no podía diferenciar aun centauro de otro, le parecía que todas eran de la misma persona. Pero había un paisaje, una marina, para ser exactos: las famosas Tres Islas fotografiadas al amanecer. En casi cada hogar de la Tierra se podía ver una copia de esta fotografía, incluso en el de Nicholson, pero aún así, siempre le producía una sensación de asombro el contemplarla de nuevo.

Mientras el Comandante lo estaba acompañando de vuelta a la puerta principal, Nicholson dijo repentinamente:

—No puedo comprender como alguien quiera abandonar un mundo tan bello como es ese.

—Bueno, yo no sería tan taxativo —dijo sonriendo Telfrod—. También nosotros tenemos algunas atracciones. Como la nieve, o la luz de la luna, o el boop-jog...

Nicholson no durmió demasiado bien aquella noche: estaba demasiado excitado por todas las cosas que había visto y por el conocimiento de que estaba tomando parte en un proyecto tremendamente importante. Sus Almacenes no parecían ser el lugar más adecuado para solucionar los problemas sociológicos centauro humanos, pero era ahí exactamente donde se estaba intentando hacerlo. La presencia de Hamrigg en la empresa era un reto excitante para Nicholson en su capacidad de Jefe de Personal últimamente se había encontrado en un estado nervioso, sujeto a crisis de mal humor, depresión e insatisfacción. No obstante, ahora, con un trabajo frente a él que le haría emplearse a fondo, debería estar satisfecho.

Pero por alguna razón oscura, Nicholson se sentía tan descontento como siempre.

El lunes por la mañana comenzó a preparar el terreno para la llegada de los otros extraterrestres. Era un proceso gradual, que llevaba aparejado la visita personal a los distintos jefes de departamento en lugar de las acostumbradas llamadas telefónicas, así como frases cuidadosamente escogidas, y promesas a medias, y aquella mezcla peculiar de amenazas, halagos y casi chantaje que culminaría, así lo esperaba, poniendo a ciertas personas en unas posiciones en las que les fuera imposible negarse a sus deseos. Estuvo tan absorto en esto que ya había transcurrido todo el martes antes de que se diese cuenta de que Hamrigg había estado ya casi toda una semana en su nueva sección sin meterse en ningún lío. Era algo tan inesperado que casi le parecía imposible.

El miércoles por la noche seguía sin tener noticias de Hamrigg, ni buenas ni malas. Pero el viernes por la mañana telefoneó Redmon.

—Hamrigg desea verle —dijo el supervisor de planta, con voz alterada—. Esto, ejem, parece como si tuviera sarna.

Ante él se alzó un horrible cuadro del centauro corriendo como si fuera un desproporcionado perro sarnoso, y de alguna terrible enfermedad extraterrestre extendiéndose entre el personal, culminando con un ejército de empleados de Sanidad cerrando y poniendo en cuarentena a los Almacenes. El cuadro lo estaba haciendo sudar cuando al fin recordó que los humanos eran inmunes a los gérmenes que afectaban a los centauros y viceversa. Esto le hizo sentirse mejor.

—¿Qué quiere? Nicholson oyó como Redmon hacía a su vez esta pregunta y la atronadora voz del extraterrestre replicaba. Aparentemente, al superior de Hamrigg no le había agradado que le hubiesen enviado un centauro, y se lo había sacado de encima poniéndolo a comprobar los cables de los ascensores, un trabajo particularmente sucio. Hamrigg había realizado este trabajo satisfactoriamente, pero los detergentes que se había visto obligado a usar para limpiar su piel peluda tras el trabajo la habían desteñido, haciéndole aparecer feas manchas de color gris y amarillo. Deseaba saber si sería posible que se le suministrase un mono protector como al resto del personal de Mantenimiento.

—Ciertamente —dijo más tranquilo Nicholson—. Envíelo a Sastrería. Supongo que tendrán que hacerle uno a medida, y que tendrán problemas, pero no hay necesidad de que me vea personalmente para un asunto como este.

—También desea verle por un asunto personal —dijo Redmon unos segundos después.

Nicholson lo pensó cuidadosamente antes de contestar. No le importaba el emplear parte de su tiempo con Hamrigg, ni siquiera si se trataba de una parte importante. Pero había una cosa que el extraterrestre probablemente no había considerado, y era que, a los ojos de sus compañeros, la gente que visitaba la oficina del J efe de Personal aparecía como sospechosa, amenos de que se les llamase para darles una reprimenda. Nicholson no quería que se hicieran la idea de que Hamrigg era un soplón.

—Envíelo a que le tomen medidas —dijo al fin—. Bajaré a Sastrería y le veré allí.

Veinte minutos más tarde, Nicholson llegó al departamento de Sastrería y pudo ver como Hamrigg rodaba espaldas al suelo mientras dos asistentes tornaban notas y mordían desesperadamente los lápices que utilizaban. Cuando Nicholson apareció, el centauro se apoyó sobre un costado y luego luchó por ponerse en pie, mostrando en el proceso una piel desteñida y deteriorada.

—Hemos terminado de tomar medidas, señor, y estamos estudiando la mejor manera en que abrochar la prenda —le explicó a Nicholson el sastre jefe—. Creemos que debería recostarse sobre el lomo, introducir las patas traseras, luego las delanteras, y después los brazos. Una vez estuviese en pie podría abrocharse el mono, que estaría abierto por detrás. La cola era un problema, pero hemos decidido que se la tendrá que atar para que quede pegada a lo largo de su espina dorsal. Hamrigg nos ha asegurado de que esto no le producirá molestias. Llevará dos bolsillos en el pecho y dos bolsas especiales para las herramientas a los lados.

Nicholson asintió aprobadoramente, y el sastre continuó su discurso con gran entusiasmo:

—¡Emplearemos once metros y medio de tela para el mono! ¿No podríamos hacer que esos centauros usasen ropa mientras visitan la Tierra? Ya sabe eso de que «Mientras estés en Roma, haz como los romanos». Con un traje que emplease cuatro veces más ropa que los normales, y costase cuatro veces más, piense en la...

—¿Comisión? —dijo secamente Nicholson—. Es una buena idea, pero no está en la línea de mi trabajo. Mencióneselo a su jefe de departamento o, si se siente muy atrevido, al señor Hammond. Y ahora me gustaría tener unas palabras con el señor Hamrigg.

El sastre y las demás personas que estaban cerca se apartaron, y Nicholson se dirigió al centauro:

—¿Le preocupa algo? Hamrigg agitó su cabeza arriba y abajo. Hizo varias tentativas de decir algo, no logró sobrepasar la segunda palabra, y lo dejó correr. La expresión en sus ojos reflejaba confusión y una silenciosa llamada de auxilio. Nicholson creyó que podía imaginarse qué era lo que sucedía, y se sintió más bien dispuesto hacia aquel aprendiz de cuatro patas que era demasiado humano para su propio bien.

Escogiendo cuidadosamente sus palabras, le dijo:

Más pronto o más tarde me entero de todo lo que pasa. aunque muchas veces cuando lo hago es ya demasiado tarde para tomar medidas oficiales. Por ejemplo, alguien trajo una botella de whisky hace tres días y uno de los electricistas cogió tal borrachera que le fue imposible marcar hasta las ocho y treinta. y para añadir una mofa a la falta, probablemente se le pagará por ese tiempo extra. También sé, extraoficialmente, todo lo referente a las partidas que se llevan a cabo. Así que si tiene miedo de implicar a alguien al contarme su problema, siempre puedo escucharle en forma extraoficial.

«¿Lo han limpiado? —terminó abruptamente Nicholson—. ¿Se ha quedado sin dinero?

—¡Oh, no! —exclamó Hamrigg; luego, respondiendo a la frenética señal de Nicholson, hizo descender su voz hasta convertirla en un fuerte y discordante susurro—. Alguien hizo correr el rumor de que mi raza es telepática, y no me dejan jugar.

—Pues tiene suerte —le contestó Nicholson—. Pero, ¿cuál es el problema?

Aparentemente, el problema no afectaba a Hamrigg. Según las propias palabras del aprendiz, pertenecía a otras dos personas a las que se creía obligado a ayudar. Una de ellas, un joven mecánico llamado Sinclair, que trabajaba con él, se había visto envuelto emocionalmente con una muchacha de Géneros de Punto. Eran novios, y estaban ahorrando, o al menos lo estaba haciendo la muchacha; el señor Sinclair encontraba imposible el dejar su poker y las apuestas en las carreras de caballos. En la opinión de Hamrigg, si Sinclair fuera transferido aun departamento del que no fuera tan fácil escaparse para ir a ver a los apostadores, y donde no hubieran partidas de poker, esto, junto con la influencia estabilizadora que estaba ejerciendo la muchacha, tendría un efecto beneficioso tanto en su carácter como en sus futuras posibilidades de promoción.

—Ya veo —dijo Nicholson cuando hubo terminado—. ¿Le pidió a usted que hiciera esto?

Hamrigg negó con la cabeza. Preferiría quedarse donde está. Me he enterado porque tanto el señor Sinclair como algunos otros discuten ocasionalmente este tipo de cosas conmigo. Se supone que en lo referente al amor humano, yo tengo un punto de vista objetivo. Y mirando a largo plazo, he decidido que el transferir a Sinclair del departamento de Mantenimiento sería una buena cosa para él.

Bien, bien, pensó Nicholson. Esta era una situación completamente inesperada. Hamrigg había sido enviado a Mantenimiento como castigo, y ahora había señales de que el extraterrestre estaba ocupado en corregir los errores de sus irresponsables colegas, al menos de los que aún podían ser salvados. Y su autoconfianza se había incrementado hasta casi llegar a la impertinencia.

Nicholson estaba a punto de ponerlo en su lugar cuando vio como Redmon se acercaba a toda prisa, seguido de cerca por Chambers, el jefe del departamento de Accesorios para el Hogar. Sus rostros estaban rojos.

Ambos comenzaron a hablar al mismo tiempo mientras aún se hallaban a una docena de metros de Nicholson. Chambers se quejaba y protestaba, y el supervisor de planta trataba de quitar hierro a las quejas y protestas del otro. Nicholson sugirió que fueran todos a su oficina, para discutir el asunto en privado, pero Chambers no lo deseaba; quería hacer una escena allí mismo. Aquel asunto había ocurrido ya demasiadas veces y quería que fueran despedidos inmediatamente.

Gradualmente, Nicholson empezó a entender a que venía todo aquel griterío. Dos miembros de la sección de Accesorios para el Hogar, de sexos opuestos como explicó delicadamente Chambers, habían sido enviados al Almacén para comprobar la recepción de un pedido. Una hora más tarde, Chambers había ido a ese mismo Almacén y se había horrorizado al encontrarlos en una posición comprometida. Al solicitarle más detalles, Chambers declaró que los había encontrado cogidos de la mano. Chambers tenía unas ideas muy puritanas.

—Envíelos a mi oficina —dijo Nicholson con un suspiro—. Me encargaré de ellos.

—¡Despídalos! —gritó Chambers—. ¡Conviértalo en un ejemplo! Ya ocurren demasiadas cosas de estas...

—No creo que sea necesaria una acción tan drástica —intervino Redmon, y comenzó a argumentar sobre esto. Al cabo de unos segundos, los dos hombres estaban gritándose. Nicholson pensó que toda la discusión era vulgar y altamente falta de dignidad, y estaba apunto de hacer que las cosas se pusiesen peor gritándoles que se callaran, cuando Hamrigg entró en acción.

—Si puedo hacer una observación —dijo, en lo que para él era un tono conversacional, pero que ahogó todo otro sonido por puro volumen de decibeles—, unos Almacenes de este tamaño representan un sistema balanceado similar, aunque a menor escala, al equilibrio ecológico de un continente o planeta. Si se elimina o suprime por la fuerza un factor, el estado de desequilibrio que se produce puede tener efectos drásticos y de largo alcance. El hacer que una gran cantidad de gentes de diverso sexo trabajen juntos y luego tratar de inhibir la atracción que sienten unos por los otros, me parece ser una práctica poco natural, y que probablemente alterará el balance ecológico de los Almacenes...

Chambers había enrojecido violentamente de ira, y el rostro de Redmon tan sólo tenía una tonalidad más leve: por la risa reprimida, sospechaba Nicholson. Pero Hamrigg se estaba emocionando con el tema y su tono de voz ya no era conversacional. Posiblemente hubiera algunas personas en el otro extremo del edificio que, ahora, no pudieran oírlo, pero Nicholson lo dudaba.

Tomemos Joyería, por ejemplo, en la cual su Jefe de Compras tiene una habitación especial en la que los miembros del personal pueden escoger anillos de compromiso en secreto, si así lo prefieren, y la mayoría lo prefieren. El jefe se encarga personalmente del personal de los Almacenes, lo que prueba que estas ventas interiores deben constituir una parte importante de su venta total. De acuerdo con una relación de las cifras de venta del año pasado, que leí hace unos días, las ventas de anillos de compromiso al personal de la empresa representaron el cinco y cuarto por ciento de...

Nicholson le dio un puñetazo al flanco de Hamrigg en una tentativa de hacerlo callar, pero fue ignorado y no es que esté defendiendo el amor libre en la empresa —continuó el extraterrestre en tonos estentóreos—, sólo digo que ciertos contactos físicos mínimos no deberían ser considerados, cuando se sorprende a algunas personas realizándolos como ofensas de tal gravedad que merezcan ser castigados con el despido. Si se hiciera esto, el personal no seguiría efectuando compras en el departamento de Joyería, las cifras de venta descenderían, y el jefe de esa sección no estaría contento.

«Ni tampoco lo estaría el señor Hammond.

El silencio que siguió a estas palabras fue roto por alguien que, al otro lado de la planta, batía palmas. Nicholson echó una mirada furibunda en aquella dirección y el aplauso cesó bruscamente. Antes de que Chambers pudiera iniciar un contraataque, dijo apresuradamente:

—¡Señor Hamrigg, se está comportando usted en una forma insubordinada, regrese a su sección! y sugiero que usted también lo haga, señor Chambers. Por su parte, señor Redmon, tráigame a los dos culpables a mi oficina dentro de media hora.

Mientras Nicholson salía, el supervisor de planta lo alcanzó y caminó a su lado.

—¡Eso sí que fue bueno! —dijo Redmon—. y el mencionar a Hammond al final fue un rasgo genial. Ahora no me atreveré a regañar aun aprendiz por sus faltas de caligrafía por si con eso fuera a alterar el balance ecológico...

—Ya basta, Redmon —dijo cortante Nicholson, y se alejó. Se estaba incubando una situación que iba a traer muchos problemas. Hamrigg parecía destinado a meterse en tremendos líos, y el asunto era lo bastante urgente como para que él tuviera que olvidarse de ser educado.

 

CUATRO

 

Básicamente, el extraterrestre era un buen tipo. Su preocupación por aquel individuo, Sinclair, y su tentativa por conseguir que fuera trasladado lo probaba, y otras cosas también lo habían corroborado y el que hubiera deseado venir a la Tierra ya demostraba que ante todo ya había una buena parte de visionario en él, pues de lo ~ contrario se hubiera quedado confortablemente en casa. Resumiendo, Nicholson lo catalogaba como un tipo amable pero sugestionable. Era por esto por lo que le preocupaba el papel que había tomado de 4 campeón de los trabajadores oprimidos.

A ninguna empresa le agradan los agitadores, sean extraterrestres o no.

A Nicholson, que había aprendido a leer entre líneas, se le aparecía claro que alguien estaba empujando a Hamrigg. y lo estaban haciendo tan sutilmente, que él se encontraba impotente para evitarlo.

Hamrigg se había introducido entre los tipos duros de Mantenimiento y estos lo habían aceptado; esto quedaba comprobado por su preocupación por obtener un mono en lugar de pedir un traslado. Había hecho amigos allá abajo, aunque debía de haber otros que no simpatizasen con él por una u otra razón. El prohibirle que jugara a poker sugería una desconfianza casi supersticiosa por parte de alguien, y la superstición y el odio son casi sinónimos. La misma persona o personas habían averiguado que Hamrigg era sugestionable, excitable, y creía en cualquier cosa que se le dijese. Tal vez era simplemente una broma pesada y nada más, pero alguien en Mantenimiento estaba pretendiendo ser amigo de Hamrigg mientras le imbuía al mismo tiempo una serie de ideas que lo llevarían al despido.

De vuelta a su oficina, Nicholson decidió aceptar la sugerencia de Hamrigg y; transferir a Sinclair a Utensilios de Jardinería. Mantenimiento no era un lugar apropiado para un joven que estuviera ahorrando para casarse, y el jefe de su nuevo departamento se alegraría de contar con él... lo que, incidentalmente, contribuiría a disminuir su resistencia a aceptar un centauro en su sección. Siempre había problemas con los cortacéspedes motorizados, problemas que el personal normal de ventas no podía resolver adecuadamente. Cuando había terminado con esto llegó Redmon con los dos culpables de estar cogidos de las manos. Este asunto, a pesar del intento de Chambers por convertirlo en un drama, era puramente rutinario. Les dio una buena bronca y los transfirió a departamentos muy alejados uno del otro y con horas de comida diferentes. Se sentía ruin. Pensaba que los anillos de compromiso del jefe de compras de Joyería así como el balance ecológico de los Almacenes podían irse al cuerno.

Según Telford, y Nicholson estaba implícitamente de acuerdo con el Comandante, el aprendiz extraterrestre era parte de un experimento. Sus reacciones respecto ala gente normal, y las reacciones de esta frente a él, serían indicativas de las direcciones que iban a tomar sus respectivas culturas cuando fuera posible un completo contacto. Las alternativas eran: amistad o desconfianza, paz o una guerra eventual. Era increíble que un asunto de tan tremenda importancia dependiera de las elucubraciones de la mente de cualquier bromista malicioso. Debía de haber alguna cosa que él, en su cargo de Jefe de Personal, pudiera hacer.

Impulsivamente, telefoneó a Mantenimiento y pidió hablar con el jefe. En su mejor voz oficial le dijo al otro que el aprendiz Hamrigg había sido enviado allá abajo principalmente para castigarlo, y que el extraterrestre debía de haber aprendido ya su lección y por consiguiente estaba pensado en cambiarlo de nuevo.

—Se porta bien —replicó el jefe de Mantenimiento tras una larga pausa—. Naturalmente, tuvo problemas al principio, pero creo que ahora le gusta estar aquí.

—Por favor, déjeme hablar con Hamrigg —dijo Nicholson. Y, cuando el aprendiz estuvo al teléfono, le repitió esencialmente las mismas palabras.

No fue a ninguna parte: a Hamrigg le gustaba estar en Mantenimiento. Era un departamento interesante, lleno de gente divertida, y, en caso de que fuera posible, no deseaba ser trasladado.

Nicholson colgó con innecesaria violencia.

Podía cambiar de departamento aun miembro del personal de tres formas: con el permiso, o a petición, del jefe del departamento; a petición de la persona que desease ser transferida; o si la persona en cuestión se había portado mal, en cuyo caso se la transfería por motivos disciplinarios. El jefe de Hamrigg quería que se quedase. Hamrigg quería quedarse, y desde que estaba en Mantenimiento no se había metido en líos; por consiguiente, Nicholson tenía las manos atadas, y el desconocido bromista que estaba empujando a Hamrigg a meterse en líos tendría las manos libres.

Decidió llamar a Telford. —No sabía que hubiera todo ese politiqueo en una empresa —dijo el Comandante, asombrado, después de que Nicholson le facilitó los detalles de lo que había ocurrido durante los últimos días—. Me temo que no podré ayudarle, no sé cómo enfrentarme con intrigas maquiavélicas a esa escala. En cambio, usted está preparado para ello.

«¿Ha considerado —continuó—, que Hamrigg podría ser un agitador? Nosotros los tenemos; por lo tanto ¿por qué no puede haberlos entre los centauros?

—¡Me da usted una tremenda ayuda! —dijo Nicholson devastadoramente; y luego—: Considerando lo que está en juego, prefiero darle a Hamrigg el beneficio de la duda.

Titubeó por un momento, y prosiguió más tarde:

—No obstante, hay una cosa que me ha estado preocupando. Sé a ciencia cierta que la raza de Hamrigg no es telepática, pero desde que llegó aquí he notado un cambio en mis sentimientos hacia las cosas en general. Mi trabajo me gustaba mucho, yen cambio, ahora... bueno, no sé. El efecto parece incrementarse cuanto más le veo. ¿Podría ser que los miembros de su raza emitiesen alguna sutil emanación que...?

—¡No! —saltó Telford. Era la primera vez que Nicholson lo notaba irritado—. Empiece a hablar así, y lo siguiente que dirá la gente es que los centauros se comen a los niños, o algo peor...

—No quería decirlo con esa intención... empezó a excusarse Nicholson.

—Perdone, ya sé que no era esa su intención —le replicó Telford—. Pero unas palabras tales en boca de una persona de su posición pueden hacer mucho daño. Sin embargo —prosiguió con voz más tranquila—, supongo que no le habrá hablado a nadie más de esto, así que no se ha causado ningún daño. Pero, para responder a su pregunta, le diré que esa sensación se deriva de su proximidad a Hamrigg y todo lo que él implica; un contexto planetario, unas condiciones de vida, unas costumbres y unas gentes distintas. Es la clase de sentimiento que hacía que los jóvenes se hicieran marinos. No es culpa de Hamrigg ni de usted. Es natural que usted se sienta algo insatisfecho con su trabajo habitual cuando piensa de donde viene él.

—No estoy algo insatisfecho —dijo Nicholson, con emoción en sus palabras.

—¿De veras? —dijo Telford, y se rió suavemente—. La falta, querido Bruto, no se halla en nosotros, sino en las estrellas —parafraseó. y colgó el teléfono.

Dos días más tarde, Hamrigg se enzarzó en una discusión religiosa. Se inició en la sala del reloj de control, cuando estaba marcando su ficha para salir a comer, y se embarulló tan rápidamente que el extraterrestre hizo caso omiso del camión especial que lo transportaba al espacio-puerto para poder continuarla en la cantina.

Durante los cinco años anteriores el personal de la cantina había permanecido inalterado, mientras el número de empleados se había incrementado en un cincuenta por ciento, así que la obstrucción y desorganización que Hamrigg debió causar tuvo que ser considerable. Nicholson esperaba que la encargada de la cantina llegase a aporrear su puerta al cabo de pocos minutos de tener que soportar al extraterrestre, pero no. Aparentemente le habían echado té por encima, y otros aprendices habían usado su sopa como blanco sobre el que lanzar bolas de papel —lo cual eran azares a los que estaba expuesto cualquiera en la cantina— sin lograr una reacción, ni siquiera distraerle de la discusión. Algunas de las muchachas de la cantina le habían llamado enorme caballote, y otras habían dicho que era una pena que sólo pudiera comer sopa de guisantes y bocadillos de queso: ¿es qué acaso era diabético?

La encargada de la cantina tan sólo había efectuado una débil protesta ritual por teléfono, y cuando Hamrigg fue al día siguiente a la cantina para continuar el debate, ya habían agrandado el espacio entre dos de las mesas para permitirle aposentarse.

Pero, a medida que transcurrían los días, las discusiones en las que intervenía Hamrigg se incrementaron en frecuencia y fervor. Discutía sobre cualquier tema. Al mismo tiempo no tenía preconcepciones, y admitía de buena gana el estar errado si su contrincante lograba demostrarlo lo cual era raro. Argüía indiscriminadamente, con excitación e inocencia, como si este maravilloso método de investigar los procesos mentales de otros seres fuera un juguete nuevo que no pudiera abandonar. Las peroratas de Hamrigg contra los impuestos o los consejos, usualmente muy buenos, que daba sobre cuestiones amorosas a las muchachas de ventas, no eran un asunto grave, pero trataba con la misma facilidad temas mucho más explosivos.

Durante tres semanas Nicholson sudó lo suyo, tratando desesperadamente de refrenar el entusiasmo de Hamrigg y esperando que las discusiones quedasen confinadas al personal inferior. Porque si Hamrigg se metía con un supervisor de planta o jefe de compras...

Esto ocurrió a mediados de la cuarta semana. Redmon, que había tratado sin éxito de intervenir, le dio a Nicholson los detalles. Hamrigg había estado hablando con Harvey, el bonachón jefe de compras de Juguetería, acerca de las condiciones de trabajo ideales de Mantenimiento y había afirmado que, en una forma relativa, el personal de Juguetería estaba siendo oprimido e intimidado. Harvey se había tomado esto como un insulto personal y, por primera vez en siete años, se había enfadado. Durante diez minutos había confrontado al extraterrestre decibelio por decibelio, y probado a su completa satisfacción que, literalmente, su personal lo veneraba, y que si existía alguna minoría oprimida en su departamento era, en todo caso, la formada por su asistente y él mismo.

Hamrigg se disculpó entonces humildemente —terminó Redmon—, y Harvey murmuró algo acerca de que tenía un dolor de cabeza y de que, probablemente, necesitaba gafas. Todo habría ido bien si Hamrigg no hubiera insistido en humillarse aún más. Dijo que si alguna vez volvía a estar en Juguetería sería un trabajador ejemplar a las órdenes del señor Harvey, que tan sólo ahora se daba verdadera cuenta de lo mucho que la gente abusaba de la bondad del señor Harvey, y que, cuando llegasen sus amigos, si alguno de ellos era destinado con el señor Harvey, él mismo se encargaría de que...

—Oh, no —dijo débilmente Nicholson.

—Harvey preguntó qué amigos eran esos —continuó Redmon—. Cuando Hamrigg se lo dijo, tuvo suerte del techo, pues de lo contrario se habría puesto en órbita. Ahora lo sabe toda la empresa. Todos los jefes han puesto el grito en el cielo, se habla de echar por la fuerza a Hamrigg y de organizar una huelga si vienen otros centauros. ¿Sabía usted que vienen otros cincuenta centauros?

—¡Sí! —dijo salvajemente Nicholson—. Pero se suponía que aún no debía saberlo nadie más. y son tres, no cincuenta. Por favor, trate de hacer correr eso. ¡Y haga que ese maldito Hamrigg venga aquí inmediatamente!

Dijera lo que dijese Telford, Nicholson iba a empezar su propia guerra. y ahora, no dentro de cien años.

—¿Por qué tuvo que chismorrear acerca de sus amigos? —aulló Nicholson antes de que Hamrigg hubiera atravesado por completo la puerta—. Debía de saber que yo quería que eso permaneciese en secreto hasta que les hubiese conseguido encontrar empleo. Ahora el personal está en contra de ellos, al igual que los jefes, y lo peor es que sus amigos ya están en camino. ¿Qué infiernos voy a hacer con ellos cuando lleguen...?

—Dos de ellos —dijo tímidamente Hamrigg— están interesados en la TV. Son mecánicos: expertos, pero no ingenieros, aunque no obstante conocen bastante sobre los nuevos aparatos que nos están empezando a llegar. Como la Tierra ha comenzado a copiar nuestro sistema de TV a todo color, los fabricantes están promocionando mucho el hecho de que los diseños se originaron en mi planeta, y poniendo todo el dinero que pueden en esa publicidad. Por tanto, creo que se podría aprovechar bastante bien esa promoción si pusiésemos dos centauros a vender los aparatos...

Cuando Hamrigg había tomado literalmente su retórica pregunta y comenzado a responderla, Nicholson se había sentido demasiado asombrado como para poder interrumpirle. Luego, el sentido de las palabras del otro empezó a penetrar en su mente, y su ira se enfrió algo, aunque se daba cuenta de que esto era precisamente lo que estaba tratando de lograr Hamrigg. ¡Maldita sea, este tipo de cuatro patas me está manejando a mí...!

Abrió la boca para lanzar un grito que devolviese a Hamrigg a su sitio, pero se encontró en cambio diciendo:

—¿y qué hay del otro? —No lo sé, señor —respondió un tanto azarado Hamrigg—. Verá, el otro es, en realidad, una muchacha.

Nicholson se ahogó. Le cruzó por la 1 mente la loca idea de que también iba a tener problemas con centauros que se cogiesen de la mano, pero antes de poder seguir con ese pensamiento sonó el teléfono. Era el Director de Ventas. Hammond deseaba saber qué era eso de que la empresa estaba importando operarios no cualificados de las estrellas, pues tenía en su oficina al representante para el distrito de los sindicatos amenazándole con una huelga. Así que ¿qué diablos había hecho ahora Nicholson...?

Tapando el micro, Nicholson dijo: ¡Salga de aquí! —Luego comenzó a responder a las preguntas del Director de Ventas, una por una.

 

CINCO

 

Al día siguiente los ánimos aún estaban exacerbados, aunque no en contra de Hamrigg en especial. Había una tensión en el aire que casi hacía saltar chispas, y el personal estaba siendo demasiado amable, ensimismándose demasiado en su trabajo, y con una gran tendencia a reunirse en pequeños grupos susurrantes. Era necesario iniciar una acción de diversión.

Basándose en el hecho de que Hamrigg ya no regresaba al espaciopuerto en los mediodías, y en que bajo tales circunstancias sería una crueldad innecesaria el no instalarle un lavabo adecuado, Nicholson solicitó y obtuvo permiso para hacerlo en los sótanos. La sección de Mantenimiento se ocuparía de ello, e iniciaría el trabajo inmediatamente. Cuando corrió la voz, prácticamente todo el personal de los Almacenes encontró excusas para visitar el sótano y ver cómo era un lavabo para centauros. Pero Hamrigg debía de haber hecho buenas amistades en Mantenimiento, pues tan sólo se permitió a las personas que realmente trabajaban en la instalación el que se acercasen al lugar, y estas resultaban tan evasivas ante todo tipo de cuestiones como un escocés al que se le pregunta qué es lo que lleva bajo el faldellín.

Pero el personal ya tenía algo sobre lo que especular, y los humoristas hicieron chistes sobre el asunto durante casi toda una semana. Nicholson pudo utilizar ese tiempo para recortar los rumores exagerados que habían estado difundiéndose, y hasta para recuperar parte del terreno perdido con los jefes de sección opuestos a los centauros. Estaba trabajando al jefe del departamento de Radio y TV cuando los altavoces cortaron la música ambiental para pasar a anunciar que se le requería en la oficina del Director de Ventas.

En la oficina de este se hallaba el Comandante Telford.

—Me encontré con el Comandante mientras entraba —dijo casi acusadoramente Hammond—, y me lo traje de inmediato aquí. imagínese que iba a esperarle en su oficina.

En su tono estaba implicada la afirmación de que una persona tan importante debía de sentirse ofendida al tener que esperar en la pequeña y relativamente modesta oficina de Nicholson.

—Es el Comandante Cirujano Telford, Director de un grupo que está estudiando las relaciones entre humanos y centauros, y el responsable por Hamrigg y los otros que van a venir. Comandante Telford, este es mi Jefe de Personal, el señor Nicholson.

—Hola, Joe —dijo Nicholson, tan sólo por ver el efecto que produciría en Hammond una tal familiaridad con un Comandante Espacial. El Director de Ventas se quedó sin habla, y Nicholson no pudo saber si se hallaba más asombrado por la familiaridad o por el hecho de que su Jefe de Personal tuviera una tal amistad con el otro.

—Hola, Arthur —dijo Telford, recogiendo admirablemente la pelota—. Le estaba diciendo a tu jefe que mi grupo ha decidido que durante los cuatro o cinco próximos años los Almacenes Coop recibirán a todos los inmigrantes centauros. Probablemente llegarán aun ritmo de tres por año. Pero tan sólo, espero que lo comprendas, si estamos seguros de que estarán razonablemente contentos de trabajar aquí. ¿Podrás absorber a ese número en tus...?

—¡Tendrá que hacerlo! —interrumpió Hammond—. Ese es su trabajo, y si no puede hacerlo, me buscaré otro Jefe de Personal.

Telford parecía incómodo. Dijo: —No creo que se le puedan echar las culpas si no puede resolver un problema que es a la vez único y extremadamente difícil. —Se volvió hacia Nicholson—: ¿Qué tal te han ido las cosas?

Nicholson sabía que hubiera realizado el máximo esfuerzo para resolver el problema tan sólo por las razones que Telford le había dado, y la amenaza de Hammond de despedirle únicamente lo irritaba. Si no hubiera pensado tener lo que él creía que era la respuesta al problema, este hubiese sido el momento perfecto para decirle a Hammond lo que podía hacer con su trabajo. Pero, durante los pasados días, había estado pensando muy seriamente en esto y creía haberlo solucionado. Claro que todo podía complicarse en cualquier momento, especialmente si había otro tropiezo como el de la semana pasada. Hamrigg tendría que no meterse en líos hasta que Nicholson pudiera poner en marcha su plan.

Pero era agradable el poder intervenir en detener una guerra, aunque fuera una que no ocurriría hasta dentro de un siglo, si es que alguna vez ocurría...

Estaba a punto de responder a la pregunta de Telford cuando el interfono de la oficina del Director de Ventas dio un zumbido de aviso y una voz excitada gritó por él:

—¡Señor! ¡No puedo encontrar al señor Nicholson y hay una pelea en el Pozo! Han cerrado la puerta, pero se les puede oír en toda la planta, al menos a Hamrigg. El señor Redmon pregunta si tiene que llamar a una ambulancia ya la policía...

—¡No! —aulló Nicholson, antes de que Hammond pudiera reaccionar—. ¡Quédese donde está, voy para abajo!

Se dirigió hacia el ascensor, maldiciendo profusamente, con Telford y el Director de Ventas pisándole los talones.

El hombre que había llamado los esperaba en la planta baja, y corrió con ellos hacia las escaleras del sótano, diciendo sin aliento:

—El señor Redmon está tratando de abrirse camino. ¿Por qué no puedo llamar a algunos hombres y romper la puerta? ¡Hamrigg se ha vuelto loco! Escúchenlo, debe estar matando a todos los que hay ahí dentro. Ningún sucio centauro va a...

—¡No diga ni haga nada hasta que yo haya visto lo que ha pasado! —le cortó Nicholson—. Puede que no sea lo que parece.

El ruido de los gritos humanos ya era fuerte aquí mismo, y los sonidos que estaba produciendo Hamrigg eran algo que nunca antes le había oído Nicholson, por lo cual daba gracias a Dios. En realidad sí sonaba como una matanza sangrienta, y Nicholson pensó que su última afirmación había sido estúpida, pero aún se aferraba a la esperanza de que la violencia que se estaba desarrollando bajo sus pies era algún error, que estaba soñando, o que habría alguna explicación completamente normal.

Redmon no les oyó cuando bajaron las escaleras. Había pedido un hacha a Utilería y estaba terminando de hacer astillas la puerta. Acabó cuando llegaron adonde estaba él.

Hamrigg estaba en el centro de una multitud, en lucha a puñetazos, de personal de Mantenimiento, invisible pero ensordecedoramente audible. Por los alrededores de la masa se veían algunos cuerpos yacentes, la mayor parte de ellos aguantándose las cabezas, y un hombre estaba gateando por el suelo, que manchaba con la sangre que caía de su nariz. También se veía una buena cantidad de dinero suelto y naipes desparramados. Pero Nicholson se alegró al ver que, hasta el momento, no había muerto nadie.

—¡Detengan esto! —rugió—. ¡Deténganlo inmediatamente!

Nadie lo oyó. Hamrigg estaba haciendo demasiado ruido.

—¡Lo están matando! —gritó a su oído Telford, y se zambulló en la vociferante masa de cuerpos. Redmon y Nicholson lo siguieron, formando las alas de una V atacante. Nicholson no perdió tiempo en tratar de separar a los que luchaban, sino que simplemente los fue empujando aun lado o echándoles zancadillas. Telford y el supervisor de planta fueron menos prevenidos en su aproximación y sufrieron considerablemente: ambos tenían los labios partidos cuando alcanzaron a Hamrigg.

El extraterrestre estaba agitándose furiosamente, con su pesada cola surgiendo por entre los jirones de su mono nuevo. La piel que la recubría la hacía más semejante aun saco de arena que a un garrote, pero en cualquier caso la estaba empleando como un arma, pensó Nicholson cuando el centauro le golpeó en la espalda con ella, haciéndole caer de rodillas. Hamrigg estaba también dando golpes con ambos brazos, al tiempo que gritaba hasta quedarse ronco. Nicholson gritó de nuevo, pero tampoco logró hacerse oír. Telford lo miró, negó violentamente con la cabeza y saltó sobre el lomo de Hamrigg.

Nicholson vio como sus manos tanteaban rápidamente la piel que cubría la espina dorsal de Hamrigg, y como luego, alzando un brazo, dejaba caer un tremendo puñetazo. Hamrigg se agitó espasmódicamente, cayó de lado, y se quedó inerte en el suelo con una expresión de asombro en sus ojos.

—¡Eso es pelear sucio! —gritó un macizo empleado de Mantenimiento, y le lanzó un tremendo golpe a Telford. El Comandante hizo una finta hacia un lado y el golpe resbaló por su mejilla, rozándola. Nicholson gritó:

—¡Quietos! ¡Ya es bastante! —Esta vez le oyeron—. Redmon, traiga el botiquín. Y todos los que estén heridos que se alineen allí, que les daremos un vistazo. Comandante, ¿quiere usted ocuparse de los que están en el. suelo?

—Principalmente soy un psicólogo —murmuró Telford, acariciándose una mejilla enrojecida, pero se apresuró a obedecer. Nicholson regresó a la puerta hecha astillas para hablar con el Director de Ventas. Esto era un lío horrible, y su única esperanza de poder arreglarlo residía en el hecho de que le dejasen hacerlo solo. Tenía que deshacerse de Hammond.

—No desearía que usted creyese que le estoy dando órdenes —dijo respetuosamente—, pero necesito a alguien al otro lado de las escaleras para no dejar entrar a nadie hasta que pueda enterarme exactamente de lo ocurrido. Alguien con autoridad, con una mente despejada y con la capacidad de ordenar y dar confianza, que pueda eliminar cualquier tendencia hacia ir el pánico entre el personal de allá arriba.

Cuando Hammond se hubo ido, Redmon se acercó a Nicholson. —Ninguno de estos tipos tendrá que ir al hospital —dijo—. Aparentemente llegados antes de que las cosas se salieran de orbita.

Telford llegó a su vez a informar. —Narices ensangrentadas, rasguños y moretones, eso es todo —dijo sobriamente el Comandante—. Compresas frías, esparadrapo y aspirinas es todo lo que necesitan. si ¿Pero qué sucederá ahora con el asunto a de Hamrigg?

El extraterrestre se acercó a ellos en aquel momento, aparentemente indemne a tras el golpe de karate de Telford. Empezó a decir:

—Lo siento, señor Nicholson.. —¡Ni una palabra más! —dijo secamente Nicholson. Señaló a una puerta que llevaba a un amplio almacén y ordenó—: Vaya allí y espere. Los que entre ustedes no tengan heridas, que vayan también. Cuando hayamos atendido a sus amigos, voy a llegar hasta el fondo de este asunto. —Se volvió y comenzó a aplicar gasa y esparadrapo al rostro de, nada menos, el ingeniero ayudante de la sección. Mientras el hombre se levantaba para irse, añadió—: No quiero que se pueda decir que me porté mal en este asunto, ni que interrogué a alguno de ustedes cuando aún estaba atontado o confundido. Así que les voy a dar quince minutos para recuperar el aliento y para que se den cuenta de lo seria que es la situación en que se han metido.

«Todos ustedes son culpables —continuó hoscamente—, de dos faltas que, junto a con la falta de honestidad, suman las tres e necesarias para que se les pueda despedir inmediatamente: una pelea y juego de azar con dinero. Este castigo es igual para humanos que para no humanos.

Algunos minutos después, el resto de los hombres había sido curado y enviado al almacén con los demás. A través de la gruesa puerta llegaba un creciente zumbido de conversación, mezclado frecuentemente con los tonos más altos de Hamrigg, zumbido que alcanzó un máximo, murió y se alzó de nuevo. Nicholson paseó arriba y abajo nerviosamente, dando patadas a los naipes y al dinero que estaba por el suelo y no atreviéndose a pensar mucho en los siguientes quince minutos. El sonido que atravesaba la puerta estaba llegando aun nuevo máximo.

—Es una pena que no fuese bien —dijo amargamente Telford—. Sé que has hecho todo lo posible, pero también me doy cuenta de que no puedes permitir que ocurran cosas como esta. Naturalmente, lo despedirás, ¿pero no sería mejor que vigilases a la gente de ahí dentro? Tú mismo has dicho que la mayor parte de ellos perderán sus trabajos a causa de esto, y si deciden que Hamrigg fue el causante, tal vez traten de vengarse. Si lo agrediesen gravemente, representaría el primer Incidente Interestelar...

Nicholson caminaba arriba y abajo sin responder, hasta que al fin dijo:

—Mira a tu alrededor: casi se puede ver lo que pasó. Apostaría a que le dejaron jugar al poker por primera vez, y que tuvo la suerte del principiante, de otra forma no habría habido pelea. Alguien, seguramente uno de los que perdían, recordó aquel rumor de que era telépata y le acusó de hacer trampas, tal vez le golpeó. Pero Hamrigg tiene un montón de amigos aquí abajo, y así empezó la pelea. El problema es: ¿Podré probarlo?

«Mira —continuó rápidamente, antes de que Telford le pudiera responder—, ésta no ha sido una pelea de esas en las que todo está permitido. No se usaron palos, ni se dieron patadas o coces, tan sólo puñetazos. Aparentemente, ni sus mismos enemigos deseaban hacerle demasiado daño. ¿Te acuerdas de ese individuo que te tiró un golpe porque le hiciste esa jugada por la espalda? Si unos tipos duros como esos pueden llegar a convenir unas reglas para una pelea, tal vez también puedan ponerse de acuerdo...

—¡Escúchalos! —dijo con urgencia Telford—. Aunque tal vez ni los peores querían hacerle mucho daño antes, ahora es diferente. Ahora los van a despedir. ¡Seguro que lo matan!

Nicholson negó con la cabeza. —Sé lo que me hago,.creo —dijo preocupado—. En cualquier caso, ya han pasado los quince minutos que les di.

Cuando entró en el almacén, el personal de Mantenimiento estaba alineado contra la pared opuesta, con Hamrigg situado hacia el centro y un poco al frente. Obviamente iba a ser su portavoz. Considerando su creciente reputación de triunfador en las discusiones, pensó secamente Nicholson, era lógico que hubieran escogido al extraterrestre. Si Hamrigg no podía sacarles de este aprieto nadie podría hacerlo.

Hamrigg empezó el juego. —Esta vez ha sido totalmente por culpa mía, señor —dijo misérrimo—. Todo ha pasado debido a mi ignorancia, y también por la equivocada amabilidad de mis amigos...

—Ya me estoy cansando de oír que todo es consecuencia de sus equivocaciones —interrumpió Nicholson—. Tal vez le complazca ser un mártir, no lo sé. Pero la pelea que acabamos de contemplar no estaba siendo realizada únicamente por usted, y la partida de juego que la precedió necesitaba, con toda seguridad, de más de un participante.

—Pero si no estábamos jugando —atronó apasionadamente Hamrigg. Sus ojos eran grandes, suaves y sinceros—. Traje los naipes conmigo esperando que me enseñaran cómo usarlos, y pensé que tal vez alguno de mis amigos me podría ayudar. Mi interés es puramente académico, se lo aseguro. El Comandante Telford sabe que no tenemos nada parecido a los naipes en mi planeta.

Telford asintió en silencio. Redmon parecía apunto de ahogarse con el solo pensamiento de que la gente de Mantenimiento le explicase como jugar a cartas a alguien. y Nicholson estaba pensando: que maravilloso mentiroso que es; si tan sólo pudiese seguir así hasta el final...

—Había una buena cantidad de dinero por el suelo —dijo fríamente Nicholson—. Lo cual prueba que jugaban con él.

—Debió de haber caído de nuestros bolsillos durante la pelea...

—Así que hubo una pelea? Hamrigg negó con su cabeza, mayestáticamente.

—No ha sido eso exactamente, señor. Una pelea entre el personal es una falta que se puede castigar con el despido inmediato, según creo. Lo que ocurre es que tengo un gran interés por todas las actividades terrenales, no sólo la música, la literatura y el drama. También me interesan las carreras de automóviles, por ejemplo, el ajedrez y la teoría de los naipes. Me doy cuenta ahora de que no debería haberles pedido a mis amigos que me hicieran una demostración durante las horas de trabajo, pero ellos, con su asombrosa amabilidad hacia un extraterrestre, aceptaron hacerlo.

«Vera, señor, recientemente me he interesado por el arte del boxeo...:

—¿Quiere usted decir —preguntó débilmente Nicholson—, que toda esa gente estaban tan sólo enseñándole a boxear?

Hamrigg permaneció en silencio, pero todos los rostros ensangrentados y magullados de su alrededor asintieron o demostraron su conformidad.

Nicholson proseguía inflexible con su papel inquisidor, aunque demostró que las circunstancias le obligaban a interrumpir el interrogatorio por el momento. Interiormente estaba jubiloso. —Esta historia me parece bastante fantástica —dijo—, pero no tengo tiempo para ocuparme de comprobarla ahora. El señor Hammond está arriba tratando de conseguir calmar al personal para que no huyan aterrorizados, ya que no saben lo que ha estado sucediendo aquí y se creen que se han vuelto todos ustedes locos. En este momento, lo más importante es que le ayude a calmarlos. Pero pueden estar seguros de que llegaré hasta el fondo de este incidente. Pasado mañana iniciaré una investigación completa que durará, si es necesario, toda una semana.

Mientras Nicholson se dirigía hacia las escaleras y mentalmente se preparaba para una sesión de apaciguamiento intenso para calmar a Hammond, Telford le dijo:

—No comprendo. ¿No... no creerás lo que te ha dicho?

—Claro que no —le contestó Nicholson sonriente—. Pero pasado mañana ya no me quedará más remedio que creerle. La gente de Mantenimiento se apoyan mutuamente, y los electricistas de al lado son igual de malos. Cuando llegue la investigación, me apuesto a que ya habrá una docena de muchachos de ese departamento dispuestos a jurar y perjurar que unos minutos antes de que nos abriésemos paso, todo el mundo estaba aquí o tratando de enseñarle a Hamrigg cómo hacer solitarios o discutiendo la última pelea de boxeo, o ambas cosas.

«Naturalmente, tendré que trasladarlo de nuevo.

—Entonces, ¿no lo vas a despedir? —dijo anonadado Telford—. Luego, todavía hay una posibilidad. ¿Pero dónde lo pondrás ahora?

Nicholson hizo que Redmon se adelantase y entonces contestó:

—Iba a decirte que tenía la respuesta a todo este problema de los centauros cuando se inició la pelea. Voy a transferirlo por todos los Almacenes, le haré pasar un par de semanas en cada departamento. Todo el mundo va a tener así experiencia en el trato con los centauros y él habrá trabajado en todo. Si es necesario, haré que lo repita dos o tres veces.

—Pero no puedes hacer que esté continuamente cambiando de departamento —objetó Telford—. Eso no es encontrarle un trabajo.

—No —aceptó Nicholson—. Pero es un entrenamiento necesario para el tipo de trabajo que tengo en mente para él. Si vamos a ser inundados con centauros necesitaré un ayudante que conozca todos los trabajos desde el punto de vista de los extraterrestres. y que también vea los puntos de vista humanos, y que tenga una buena mezcla de simpatía y objetividad en su enfrentamiento con sus problemas. Por esto es por lo que, al final, lo haré Asistente del Jefe de Personal.

Estaban al pie de las escaleras. Telford lo detuvo, asiéndolo por un brazo, y le dijo calurosamente:

—Muy bueno, Arthur; realmente bueno. Creo que has acertado. Pero...¿no te das cuenta de que si es cierto lo que dices acerca de su habilidad para manejar humanos, tú mismo te habrás echado de tu trabajo?

Nicholson se alzó de hombros. —No creo que me importe. Telford le apretó el brazo. —Creo que sé por qué. Pero no te preocupes, si es necesario ya te daré yo un trabajo. Naturalmente, tendrías que aceptar un descenso de categoría...

El Jefe de Ventas, Redmon y varios miembros del personal de ventas estaban apiñados en lo alto de las escaleras, y Hammond miraba hacia abajo impacientemente. Es por esto por lo que Nicholson no se dio cuenta de todas las implicaciones en las palabras finales de Telford hasta más tarde:

pero estarás demasiado lejos de los Almacenes Coop para que nadie se preocupe de tu pérdida de categoría. Y, en cualquier forma, no creo que estés más tiempo de aprendiz de lo que ha estado Hamrigg.

 

 

FIN

 

Título original: The Apprentice.

Traducción: S. Velázquez .

Edición digital: Antonio González.